Clavicordio para un cambio de vida.

No hay nada como un buen sueño. O un buen baño. O una calle tranquila donde puedas pasear a los perros, acomodar los huesos y tomarte un café. Nada como una buena borrachera con los amigos que quieres y el trago que te ahoga. O una mujer que te fija la vista se coma tus ojos en sendos bocados. O una tarde sin ruido. O una mañana sin despertador. O un simulacro de incendio en el edificio de enfrente y un terremoto en las oficinas que compartes con gente aburrida que inyecta una sola ambición: que llegue el fin de semana para no tener que verla. Nada mejor que identificar el día por el color en el tendedero de vecinos cuyas vidas te valen una chingada: el lunes es blanco; el martes es azul; el miércoles de lencería; el jueves tutti frutti para los niños, y el viernes, blanco otra vez. Nada como una mañana de 5 de mayo en la que sabes que no hay qué celebrar pero tienes descanso obligatorio. Nada como andar sin desayuno, sin pantalones, sin ideas, sin remordimientos, sin material para una película que cambiará a las siguientes 10 generaciones. Nada como respirar y cerrar los ojos, deliberadamente, mientras los noticieros de las 10, 11 y 12 sincronizan sus ideas y muestran el mundo como es. Nada como bajar el switch de la vida por unos instantes y brincar borregos de 100 en 100 hasta saturar el otro lado de la cerca. Nada como bajarle al baño y que todo (borregos, borrachos, simulacros, vecinos, calzones, switch, vida, ambiciones y oficinas) dé vueltas y vueltas y vueltas hasta llegar a la cañería principal para caer en el gran lago de las penitencias. Nada como despojar una canción de su música y hacerla pasar por un poema exótico y/o desconocido. O una invitación en un sobre cerrado que no abres para no comprometer un futuro que ni siquiera te importa. O una explicación que no quieres y que por lo tanto ignoras, mientras piensas: "¿Quién querrá romperme el cuello, el hígado o el corazón de un golpe seco?". O: "Debe haber una manera de entrar en el elevador sin que me hagan hablar y descubran, por mi tono de voz, que soy el que pinta obscenidades en las paredes de los baños". No hay nada como graduarse de exportador y dedicarse a resucitar almas. O una buena empanada de carne para volverse vegetariano, y al instante abrir el planeta con los dedos para vomitar tanta grasa. Nada como ser alérgico hasta al sudor propio, e inflarte como un marrano en la primera cita porque es verano y alguien pasa cerca, sudando. Nada como abrirte la blusa para descubrir una bomba que estalla -otra vez al instante- y acaba con el edificio en el que vives, la calle en la que vives y la vida que vives. Nada como un buen sueño, un buen baño, una calle tranquila, una buena borrachera, una mujer que te fija la vista. Nada como tu blusa, un clavicordio, perder los pantalones, una bomba. No hay nada mejor -¡lástima!- que un cambio de vida.

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